Como seres biológicos, estamos en una conversación constante con la tierra que nos sostiene. El pH del suelo no es solo un dato para agricultores; es el primer eslabón en la cadena de nuestra propia salud. Una tierra con un pH desequilibrado no puede producir alimentos con la densidad mineral que nuestro cuerpo necesita para mantener su propia neutralidad biológica. Si la tierra está ‘ácida’ y saturada de químicos, lo que llega a tu plato es una sombra de lo que debería ser nutricionalmente hablando.
El bloqueo de nutrientes: El hambre oculta
Imagina que el suelo es el estómago del planeta. Si su pH es demasiado bajo (ácido) o demasiado alto (alcalino), los minerales como el fósforo, el calcio o el magnesio quedan bloqueados químicamente. Las plantas no pueden absorberlos aunque estén allí. Como resultado, consumimos frutas y verduras que ‘llenan’ pero que nos dejan con un hambre celular profunda, obligando a nuestro organismo a robar minerales de nuestros propios huesos para compensar.
Microbiota del suelo vs. Microbiota humana
Existe un paralelismo exacto entre la vida microbiana de un suelo sano y nuestra propia flora intestinal. El uso excesivo de pesticidas y fertilizantes sintéticos acidifica el suelo y mata sus bacterias beneficiosas, de forma idéntica a como el estrés y los procesados dañan nuestra microbiota humana. Cuidar el pH de la tierra es, en última instancia, cuidar la calidad de la sangre que corre por tus venas.
Hacia una salud circular
Como terapeuta bioenergética, promuevo la conciencia de la ‘Salud Circular’. No podemos estar verdaderamente sanos en un entorno enfermo. Elegir alimentos de proximidad y cultivo ecológico es una decisión política, pero sobre todo bionergética: es elegir alimentos que respetan la escala de pH de la naturaleza, devolviéndonos la vitalidad que la agricultura industrial nos ha quitado.
"El microbio no es nada, el terreno lo es todo. — Claude Bernard"